31 agosto, 2013

"Que le jodan", y sólo me jodí yo.

Noche de luna menguante, una ciudad vacía, un bar que hace esquina, whisky copioso, luces escasas, una mesa solitaria, un vaso, más whisky y allí, ella.

“No puedo más, no quiero más estar aquí. No siento, no padezco, no sufro. No hay nada. No me queda nada por lo que luchar, por lucharte. Sin él, ¿qué voy a hacer sin él? Sólo quiero beberme este whisky y luego otro y después... más alcohol. Para no pensar... bueno, para no pensarle. Ésto puede conmigo, ya no soy. Ya no existo, no... No quiero pensar, joder. Joder, no quiero. ¿Qué hago? Mi cabeza se llena de preguntas sin respuesta. No tengo donde ir, no tengo otra cosa que hacer, no puedo. Ya no. Es tarde...”

Y la camarera le sirve otro whisky. Y se promete a sí misma que no le va a dar una más.

“Tengo miedo, sí. Miedo, terror. Siento pavor a salir de aquí, a levantarme de esta puta mesa y no saber a dónde ir. No quiero salir de aquí, no quiero terminar el whisky. Estoy mareada, aturdida. Joder, ¿qué me pasa? Yo no soy así, nunca he sido así. Ya no volveré a ser la misma... sin él. Él, jodido sean él y los suyos. Y la otra. Joder. Quiero gritar. Sí, voy a gritar.”

La camarera da un brinco y corre a ver que le sucede a su clienta.
― ¿Estás bien?

No obtiene respuesta. Sólo una mirada. Una mirada que tiene nombre, y ese nombre es dolor. La camarera quiere ayudarla, y le quita el whisky. Lo único que consigue es que esa chica grite más fuerte. No entiende que le pasa, tampoco hay nadie más allí, para ayudarla.

― Creo que deberías ir al hospital.– Sugiere la camarera con voz temblorosa.
― ¿Hospital? ¿Qué coño estás diciendo? Yo no necesito ir a ningún hospital.

Y ella, ebria, se levanta zarandeándose, no es capaz de mantener el equilibrio, de decir una frase entera sin trabarse. La camarera no la conocía, nunca había estado allí. Cree que es una alcohólica cualquiera, y trata de echarla del local...

― ¿Quién te crees que soy? ¿Una loca? ¿Crees que estoy borracha?
― En cualquier momento vas a perder el conocimiento, en serio, ve al hospital. Está muy cerca de aquí.
Y se queda sin respuesta, con un billete de cincuenta euros en la mesa y un portazo retumbando en sus oídos.

“Mierda, no debería de haber hecho eso... A lo mejor me habría ayudado... O no, seguro que es una puta, tan puta como... ¡brrrrrr! No quiero ni pensarle.”

Y sin pensar en la otra, coge su móvil. Marca su número, el número de su mejor amiga de siempre.
― ¿Daniela?
― Hija de puta, eres una hija de puta. Te odio, te odio tanto que hasta te deseo la muerte. La muerte más lenta y dolorosa que puedas imaginar, puta. Eres una traidora, una golfa. No quiero saber nada de ti en toda mi puta vida. No me nombres, no pienses en mí, no...
― Pi, pi, pi. -"Esa hija de puta me ha colgado". Y estampa su móvil contra un coche, el móvil se hace pedazos y el automóvil recibe una abolladura. Y ella sale corriendo, corre sin rumbo, sin saber dónde terminara. Se cae en tres ocasiones, no piensa en nada. Cuatro y cinco veces. Y se levanta. A la sexta, ya no. No se ha levantado. No puede levantarse, pero lo hace. Ella quiere levantarse.

“¿Dónde estoy? ¿Dónde está la gente? ¿Por qué he terminado aquí? No recuerdo nada. O... Un móvil, un coche... ¡Mierda! Mi jodido móvil. ¿Qué coño es eso?”

Y como puede, Daniela atraviesa una calle sin mirar. Se agacha y coge un cigarro que está a medias. Unas calles más adelante se encuentra con personas consumidas por dios sepa qué, quienes le prestan un mechero y le ofrecen compañía sin obtener respuesta. Y Daniela desaparece en la oscuridad. Con su medio cigarro consumiéndose, a la vez que se consumía ella.

“A algún sitio tendré que llegar por aquí... Madre mía, si él me viera... ¿De dónde he sacado este pitillo? Bah, da igual, lo tengo aquí y me lo estoy fumando. Estoy haciendo conmigo lo mismo que él ha hecho con lo nuestro. ¡Que le den a él y al mundo!”

Y Daniela termina sentada en el puerto de su ciudad, le da las últimas caladas mirando el agua. Se sienta en el borde del suelo. Es consciente de que si el agua estuviera medio metro más alta, podría sentir el mar en sus pies ¡y le apetece tanto! Se quita los zapatos y los lanza al agua, y el cigarro también, justo después de apagarlo en su propia mano.

“Que le den a él y al mundo... al mundo... Él. Nosotros. Ya no, no existe un nosotros. Él y ella, sí. Él y –ya no «mi», pero sí «su»– jodida amiga. ¡Que le den a él y al mundo!”

Saca su diario del bolso, y lo zambulle en el agua.

“Ya no existe, ya no existimos. Yo sin él no soy, lo nuestro está en el agua. Ya no tengo que estar aquí.”

1 comentario:

  1. Un texto increíble, dudo mucho que se pueda mejorar sinceramente, escribes realmente bien!

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