21 noviembre, 2014

Buenos días, mundo



Suena el despertador cada puto día intentando devolverme a la realidad y a la rutina, aunque siempre lo aplazo cinco minutos más o diez. A veces incluso horas. Es imposible que abra los ojos pensando en mis “buenos días, mundo” si es esa cosa la que me los da, porque el despertador implica monotonía: programado para que cada día retumbe en tus oídos exactamente a la misma hora que el día anterior y el día próximo. Será por eso que nunca me levanto al primer llamamiento: o antes o después, nunca a en punto. Será por eso que un día lo primero que hago es desayunar y otro ducharme, nunca establezco un orden previo, nunca sigo unas pautas, nunca dejo nada preparado la noche anterior.

Eso mismo que me ocurre cada mañana, me pasa en todos los aspectos de mi vida: cuando trabajo, si tengo que aprender algo, al conocer a alguien nuevo o si voy a entrar en tu vida. Lo impreciso, lo imprevisible. Por eso no te buscaba, por eso pretendía negarme a dejarte pasar la puerta y por eso te besé. Porque si  esto hubiera estado programado no te querría, porque si implicaras rutina no serías tú, porque si te necesitara dejaría de estar a tu lado. Y porque no importa si llego mal y tarde, o pronto; y a mí, que no me importa que tú hayas venido –al contrario, me importa[s] y mucho-.

Y como no te necesito, te echo de menos. Y como no has pedido permiso, te dejo entrar. Y como no preguntas, te respondo –por eso cuando preguntas no lo hago-. Y como siempre me besas, te beso cuando me da la gana –que es siempre-. Y como no me devuelves a la realidad –la puta-, como no me despiertas si no es con caricias, como no seguimos un recorrido cada vez que caminamos. Como nunca vamos a un lugar concreto. Como contigo nunca se sabe y siempre es para bien, como eres imprevisiblemente increíble, quiero seguir viéndote. Y seguir conociéndote. Y seguir besándote. Y seguir no invitándote a entrar y tú quedándote. Y como no eres mi rutina, pues te...
 
Gracias por despertarme para arrastrarme a una realidad paralela donde los “buenos días, mundo” son “buenas noches” y viceversa.