El sol que atravesaba las cortinas de mi cuarto daba una impresión incorrecta y fatídica de la temperatura que hacía ahí fuera. Pero eso yo no lo sabía, me senté en el suelo, con las manos en la cara y de espaldas al sol, para así sentir los rayos en mi nuca. Esa es mi manera de extrañar el verano. De repente abrí los ojos y salí corriendo al cuarto de baño, me mojé la cara con agua helada y me vestí con lo primero que pillé, cogí mi libro favorito para poder releerlo una vez más y atravesé la puerta de mi casa. Me fui, sin pensarlo, el sol bañaba mi pelo rubio y sentí ese calorcito en las mejillas propio de los primeros rayos del año. Placer.
Recorrí de arriba abajo el parque más próximo a mi piso a la espera de que algún banco mencionara mi nombre y así poder sentarme. No podía ser otro, ese banco medio roto y descolorido, lleno de pintadas de niños de diez años poniendo que serían amigos para siempre y parejas que a los dos días terminarían… promesas de amor eterno, al fin y al cabo, sin cumplir. Me senté donde hacía entonces tres años me había sentado, sólo que esa vez lo hice sola.
Tres años atrás Él me cogía la mano y me hacía promesas, como las inscritas en el respaldo de nuestro asiento. Él me decía que pasara lo que pasara, estaría ahí, que no me dejaría. Me repetía una y otra vez “Scarlett, eres especial”, “Scarlett, por ti soy capaz de cualquier cosa”, “Scarlett, dilo y lo haré”. Entonces te pedí que te quedaras, que no te fueras y que fueses eterno. ¡Te lo pedí, joder! ¡Te lo dije!
Y de que quise darme cuenta, tenía los ojos empapados de dolor, de rabia, de promesas incumplidas. De momentos rotos. De inyecciones de vida, de muerte y de ti.
¿Os acordabais de Scarlett?